LOS ESPACIOS INTERIORES DE LORENZO MARTÍNEZ.

 

 

Lorenzo Martínez, con su serena y enjuta humanidad, con algo de Quijote y mucho de visionario iluminado por las musas, joven de luenga barba, con una larga trayectoria por delante, es sin embargo un veterano explorador de las potencias subjetivas de la creación artística.

 

Su ámbito propio, superadas las experiencias parcialmente figurativas de etapas anteriores, es la abstracción, que no reniega totalmente de la figuración, si no que la reduce a signos formales absorbidos por un magma de colorista y dramática intensidad.

 

El largo aprendizaje previo de la representación del espacio y las formas, de la estructuración visual de la perspectiva renacentista, de los ingredientes del universo de la composición en la tradición pictórica occidental, queda transmutado en unos planos plásticos de vibrante cromatismo.

 

Unos planos que hay que entender como la proyección plana de espacios interiores donde imágenes, recuerdos, visiones de la consciencia y el inconsciente se imbrican, se amalgaman, se erosionan, se transforman.

 

La pintura de Lorenzo Martínez es la expresión de una esencialista alquimia del alma afín a los “signos en rotación” que exploró Octavio Paz en su creación poética.

 

La obra más destacada en esta exposición es sin duda el lienzo titulado “Noches de verano”. Su gran formato da pie a una expresión completa de esa dialéctica de signos reconfigurándose en totalidades evanescentes, efímeras. Las tramas geométricas que podemos ver en nítida contraposición con las componentes magmáticas en otras obras de formato menor (que no de menor intención), se han fundido, sin llegar a confundirse del todo con el magma dominante, apareciendo aquí y allá rectángulos, segmentos, óvalos o espirales, signos todos de una arcana escritura subyacente.

 

En anterior ocasión hemos hablado de los lienzos de Lorenzo Martínez como palimpsestos, donde estratos de tiempo superpuestos coexisten.

 

A vueltas con el tiempo, particularmente interesantes son las “Sincronías”, composiciones mondrianescas donde crece lo orgánico, fagocitando parcialmente la geometría originaria, en una conjunción tan inquietante como los sucesos diversos que confluyen en una sincronicidad llena de sentido.

 

Águilas, abril de 2.017.

 

José Luis González Cobelo.

Arquitecto.

 

 

 

Bis a Bis: Lopez Davis y Lorenzo Martinez

 

 

Los dos Jóvenes Artistas, dos personajes afables con una importante sonrisa que manifiesta su optimista mirada de la vida.

Lopez Davis y Lorenzo Martinez ponen de relieve en sus gestos pictóricos y sus lenguajes, cada uno muy personal, una gran diferencia con la manera de pintar de muchos artistas jóvenes. Sus planteamientos son distintos entre ellos,pero tienen en común algunos aspectos que nos interesan de manera especial; las diferentes pero certeras, maneras de tratar los colores cálidos,naranjas,verdes,azules, que en los dos artistas son vibrantes e intensos, que nos transmiten alegría de vivir como en las obras de Lorenzo Martinez.Pero también nos interesa la fuerza que tienen los trabajos de Lopez Davis, bellos grafismos en negro y contrastando con campos de azul o de diferentes blancos.Algunos trazos nos insinúan la forma de algunos números.

La fuerza de la tierra, el blanco de la luz de Murcia y el valor que ellos imprimen a sus obras les hacen diferentes a otras muchas estéticas. Destacamos la galería Vanrell por la dinámica de su programación: en sus exposiciones obras de artistas de tono clasicista y en otras, obras de artistas que trabajan en sentido de la modernidad muy riguroso, como es el caso de Lopez Davis y Lorenzo Martinez.

 

Maria José Corominas

Critica de Arte

          Los microcosmos urbanos de

                    Lorenzo Martínez 

Por José Luis González Cobelo.
Primero la luz, en un tiempo de tinieblas. Águilas es un lugar extraño: una tierra secularmente encerrada en si misma, ensimismada. Una ciudad que ha ido retrocediendo en muchos ámbitos culturales durante décadas. Puedo afirmarlo porque he sido testigo de ello.
Y aquí, en medio de un entorno humano desolado por las crisis (económica, de ética política, de esperanza ciudadana), han brotado flores espléndidas destacando brillantes en el páramo.
Una de ellas es el artista Lorenzo Martínez, cuya obra más actual se expone aún en la renovada y mejorada Casa de la Cultura Francisco rabal. (¡Magnífica y luminosa la biblioteca!).
Lorenzo Martínez es un joven enjuto, de rasgos serenos y barba luenga, de calmoso ademán y mirada penetrante. Podría haber salido directamente de uno de esos retratos colectivos de poetas y artistas que tanta fortuna tuvieron en la pintura decimonónica preimpresionista.
Lorenzo Martínez es un pintor maduro, cuya práctica experimentada contrasta con su juventud cronológica. Da la impresión de haber recorrido tempranamente un largo camino, en pos de su expresión propia.
Mucho le debe a ese formidable maestro, aguileño universal, que es Manuel Coronado.
Coronado es una extraordinaria y vitalista figura del arte español contemporáneo, del que hay mucho que aprender, y no solo en el ámbito de la creación plástica, sino también en todo lo referente a las calidades humanas que componen la hombría de bien.

Lorenzo Martínez ha condensado, decantado y asimilado, a fuerza de trabajo continuado y provechoso, las enseñanzas de su maestro, y ha dado con una mirada propia, con un universo creativo único. No es un eco de nadie, sino un creador que tiene mucho personal que decir.

El camino particular de Lorenzo Martínez es, sin duda, la
abstracción.
Allí, en el ámbito del “arte deshumanizado”, como le gustaba decir
a Ortega y Gasset, es donde nuestro pintor se encuentra cómodo,
introduciéndose ese gusto por la abstracción incluso en las escasas
pinturas figurativas que componen la exposición, en los celajes
exquisitos o en las abstracciones volumétricas urbanas a lo Paul
Klee que se insertan en sus composiciones.
Lorenzo Martínez es, ante todo, un creador de microcosmos. Su
“leit motiv” es la construcción de palimsestos urbanos, que podemos figurarnos como lienzos o paños ciegos de muros urbanos, donde el tiempo ha impreso una colorista acumulación de trazos de “graffiti” a modo de estratos de fragmentos de vida, que se suman a las complejas transformaciones que el tiempo provoca, a fuerza de erosiones, oxidaciones, manchas y humedades, en las paredes que los acogen.
Es como un proceso alquímico que se representa en los lienzos, en el que asistimos a flujos cromáticos complejos, entre los que se insinúan fragmentos de orden de naturaleza geométrica: cubos, triedros, líneas de fuga, arrastrados y diseminados por los coloridos vórtices predominantes.
Siendo la suya una pintura que podríamos aproximar al expresionismo abstracto, no ajena a la exaltación matérica de un Tápies, un Millares o un Saura, hay en ella una intencionalidad que le añade una dimensión profunda y misteriosa.
Es la idea de la maraña, de la complejidad inextricable como expresión de un orden indescifrable que desafía a la razón pero seduce al inconsciente.
Así podemos verlo en esos enmarañamientos de cintas, minuciosamente entrelazadas con un notable efecto de profundidad, que emergen de un magma oscuro periférico hacia el centro del cuadro.
Así podemos verlo en esos ojos que se muestran en medio del caos, devolviendo al espectador que contempla el cuadro una mirada inescrutable.
Así ocurre también en los dibujos a lápiz, que son, según el juicio de quien esto escribe, de lo mejor que se halla expuesto. Lorenzo Martínez es un valor en alza. Puede apreciarse la riqueza del campo expresivo que ha abordado, de inagotables posibilidades. Le deseamos que las explore en un camino fecundo, y que nos siga deparando gratas sorpresas en el futuro. 

 

 

Félix Pareja

La pintura de Lorenzo Martínez, refleja indirectamente que su maestro, el gran pintor aguileño Coronado, le enseñó las maneras y las técnicas para que el particular espíritu de lorenzo se pudiera reflejar con todas sus complejidades en sus pinturas,esculturas y dibujos,cuyas muestras hoy se exponen. Sus cuadros son una sinfonía de dibujos y colores que reflejan situaciones anímicas,que quizás muchas de ellas,ni el propio autor puede explicar, porque le surgen del fondo de su espíritu. Mientras que el observador, para comprender profundamente esta pintura, ha de considerar que ella no es la representación mas o menos realista de un objeto, es la expresión de un estado de espíritu, reflejado por medio de una difícil técnica.

Pero todo ello precisa de esas técnicas que Lorenzo Martínez ya domina con autoridad. Porque como escribía mi admirado matisse, el dibujo nace del espíritu y el color de los sentidos, pero para trasladar ambos a un lienzo es preciso dominar muchas técnicas, las que Lorenzo Martínez ya posee, para que su espíritu tenga el don de abrirse a los sentidos por el dibujo y el color.

Como aguileño me siento orgulloso de este pintor, ya maduro a pesar de su juventud, que ya lleva con su arte, el nombre de Águilas,su pueblo,por el mundo.

 

Félix Pareja

Verano de 2011

 

*LA OSCURIDAD DEVENIDA VISIBLE*

 

 

 

Quinientos años antes de nuestra era, en las primeras páginas del

tratado *Sobre

la verdad* (irremediablemente perdido), Protágonas de Abdera alumbró para

el mundo de las ideas su más celebrada tesis: «El hombre es medida de todas

las cosas. De las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto

que no son». Y así lo recoge Platón, en la apología de Protágoras nombrada

*Teeteto*.

 

Cuanto es en cuanto que es. O sea, la realidad. Y cuanto no es en cuanto

que no es. O sea, lo imaginario.

 

Tal vez sin haber leído a los precitados sabios de la Antigüedad, Lorenzo

Martínez, pintor de Águilas, dilecto alumno del pintor, escultor y

ceramista Manolo Coronado, profesa similar creencia. Lo que es le interesa

en cuanto que es. Y lo que no es en cuanto que hay que inventarlo para que

sea.

 

Y ya tenemos al artista, al joven y aventajado artista aguileño nacido como

quien dice anteayer, en 1985, erigido en medida de todas las cosas que a su

universo plástico conciernen.

 

A Lorenzo Martínez no le interesa representar lo que ve, sino lo que

ima­gina. Y lo que imagina es la realidad de camino hacia la irrealidad. O

a la inversa. No lo hecho, de una vez por todas, sino lo que está en

proceso de hacerse o deshacerse: la imagen hacia forma, la imagen en afán

de concreción: la mate­mática, la geometría, el microcosmos que conforma el

macrocosmos, el reducionismo.

 

Con tales credenciales, el marbete que más cuadra al pintor aquí glosado no

puede ser otro que el de surrealista. Y sabido es, por Cirlot, que el credo

del surrealismo, su moral de lucha, quedó definitivamente prefigurado en

una idea que suena a puñetazo sobre la mesa: «Todo descubrimiento que

cambie la naturaleza, el destino de un objeto o de un fenómeno, constituye

un hecho surrealista».

 

La mudanza de la naturaleza es la vara de medir, el fiel de la balanza.

Por­que donde la imitación acaba es donde verdaderamente empieza el arte.

 

Puesto a inventar mundos, por el aquel de cambiar las cosas que en el mundo

son en cuanto que son por las cosas que en el mundo no son en cuanto que no

son, Lorenzo Martínez anda muy celado con la caracola, que puede ser una

espi­ral pero también un sonido, el sonido de la criatura que en los mares

la habitó.

 

Hay mucha espiral, mucha caracola, mucha sinuosidad, mucha geometría, mucha

sonoridad sonora en la obra del joven pintor aguileño, a quien todo lo que

pinta se le torna incon­creción, visión, evanescencia.

 

En tiempo de concreciones, pintar naturalezas desconocidas y mundos

impo­sibles es por demás arriesgado. Porque lo que el coleccionista reclama

son obras en las que se le de todo hecho, obras que no le hagan pensar.

Concesión que no está, de momento, por hacer Lorenzo Martínez, fautor de

obras plásticas donde el contemplador tiene que poner mucho de su parte

para cofautarlas.

 

Lo suyo, dicho queda, no es lo que es en cuanto que es, sino lo que no es

en cuanto que no es. Y así pinta, dibuja y practica la cerámica. Y así va

por la vida nuestro artista, discretamente apartado, sin llamar la atención

y sin apenas hacer ruido, entre tímido y prudente, viendo a ver que se dice

por Murcia, persona­lizando en su reservado natural las *Coplas del mismo

hechas sobre un éxtasis de harta contemplación* del surrealista San Juan

de la Cruz:

 

 

 

Entréme donde no supe,

 

y quedéme no sabiendo,

 

toda sciencia trascendiendo.

 

 

 

Como el poeta más intimista que nuestras letras recuerdan, Lorenzo

Mar­tínez no sabe dónde a diario entra, ni dónde permanece, ni dónde se

está cuando sueña despierto lo que pinta durmiendo. Su color preferido es

el azul; azul marino que, en el simbolismo de los colores (vuelvo a

Cirlot), vale por ‘la oscuridad devenida visible’.

 

 

 

*Antonio Martínez Cerezo* es escritor, historiador y académico.

Premio Liberty “Nueva Corriente Artística, Florencia

 

Ordenanza, el mito , la religión, la ciencia y la tecnología, el arte y la poesía no es una capacidad, una actitud que hace que el ser humano, similar a lo divino: la capacidad de crear. Puede decirnos cómo trabajar o adorar como un poder que estudia la energía y aprender a estructurar la acción, la actividad del establecimiento productor,-lo-que-aún no existe, se basa en una luz muy fuerte, pero escondido en las profundidades de nosotros mismos, una fuerza que el magma no sabe y no quiere límites, sin forma, ya que contiene todas las formas posibles, ejerce presión contra los límites de la razón, los aplasta y exponiéndolas a su fructífera vida. y "la fuerza que puede evocar Lorenzo Martínez y aprender de sí mismo, la fuerza que él usa para viajar a mundos desconocidos, que retrata en sus obras, esos universos que abarcan la frontera entre el fin y el comienzo de la fantasía de la realidad.

Alfonso Confalone